¿Por qué la gente no admite que escuchaba PXNDX?

 
Por Kevo Hidalgo
 
En un mundo en el que el concepto de lo que percibimos como “lo cool” se reinventa y responde a contextos culturales cada vez más diversos –y a veces confusos- aquello que nos vuelve personas “interesantes”, “cultas” y “en onda” ante el ojo público está condicionado por lo que consumimos y cómo lo socializamos con la comunidad en la que transcurre nuestra vida social.

 

Soy locutor en una radio en la que el rock representa al menos el noventa por ciento del contenido y la música que se programa a diario. Tengo 26 años, evidentemente no tuve la oportunidad de vivir la génesis del rock con la intensidad que tal vez una persona entre los 35 ó 40 años lo hubiera hecho. Al ser parte de una generación que llegó cuando éste género ya era parte del mass media, es de esperarse que mis referentes sean otros.

 

 

Como muchas de las personas que nacimos a inicios o mediados de los noventas, nuestro acercamiento a la música constituyó un ejercicio de exploración antes que de certezas. Escuchabas algo, te enganchas, te aburrías y luego repetías el proceso con toda lo que llegaba a tus manos. En ese entonces y en contraste con la actualidad, el ser “cool” no tenía nada que ver con saber a qué edad le salió bigote a Thom Yorke ó tu supuesto parecido con Julian Casablancas. Sí, la vida era más sencilla.

 

Sin embargo; en un mercado saturado de pop anglosajón, celulares con reproductor mp3 pero con una cámara de calidad cuestionable, el boom de lo emo y primer el estallido de las redes sociales con Hi5 y MySpace, nada causó más impacto en los adolescentes de mi generación que la llegada del cuarto disco de PXNDX, una banda mexicana que hasta ese entonces sólo era conocida por la gente que tenía televisión por cable y veía MTV.

 

 
Para la gente que vivió la angustia adolescente noventera –o sea, las personas que vieron el amanecer y el ocaso del grunge-, la onda emo era cualquier cosa menos algo que se pueda tomar en serio. Pero para aquellos que al igual que yo sabíamos que eso de andar bajón todo el tiempo no era lo nuestro, pero nos enganchábamos con cada banda que conocíamos en el entonces célebre espacio “Los 10 + pedidos de MTV”, PXNDX fue una experiencia que se vivió con absoluta intensidad.

 

Cualquier adolescente con celular tenía al menos una de sus canciones, su merchandising seguramente formó parte del decorado de interiores de tu dormitorio mientras duró la pubertad, y si tocabas algún instrumento, como mínimo debías aprender “Narcisista por excelencia”. En esos días, el respeto te lo ganabas aprendiéndote de memoria el nombre de todos los integrantes de la banda y fingiendo que ya eras fan antes de que se volvieran famosos.

 


 

Pero esa generación creció, el boom de lo emo se terminó, y entre superar nuestra etapa hardcore y entender de qué mismo iba el indie, PXNDX dejó de estar de moda. Con respecto a lo anterior, pude presenciar la transición a lo que hoy conocemos como “la escena” y vi como todo aquello que para mí tenía valor simbólico se volvía anacrónico y obsoleto. De repente todos y todas a mi alrededor tenían canciones de Two Door Cinema Club, Foals, Modest Mouse, The Smiths o Block Party en sus reproductores; entendí entonces, que una nueva etapa había empezado y yo estaba lejos de sentirme preparado para recibirla.

 

Desde luego, las consecuencias de este cambio no tardaron en manifestarse en el ecosistema local. Un nuevo movimiento –que después conoceríamos como la “escena indie”- empezó a abrirse espacio y convocar a más público. Las adolescentes que tenían un poster del vocalista de Tokio Hotel en su cuarto, ahora mostraban con orgullo una foto de Daniel Sorzano de Les Petit Batards en la portada de su perfil de Facebook. Las cosas ya no serían como antes; lo “cool”, lo “chill”, lo “bacán”, había mutado una vez más y como es normal, nos subimos a la canoa para ver hasta dónde nos llevaba el río.

 

 

Hoy, después de casi cinco años haciendo radio, puedo decir que una de las cosas que más disfruto del oficio son las entrevistas. Para mí es indispensable entender el universo sonoro de los músicos a los que entrevisto y hago lo posible por generar un diálogo en el que puedan hablar de ello con toda honestidad. Cuando se entrevista a una banda es normal ver algo que yo llamo “el efecto dominó”; es decir, se formula una pregunta, nadie se atreve a responder y cuando alguien lo hace, los demás se sienten seguros para contestar sin sentirse juzgados.

 

Esto me pasó muchas veces, pero lo que realmente llamó mi atención fue la frecuencia con la que a los músicos que entrevistaba les costaba reconocer que alguna vez escucharon PXNDX o que incluso fueron parte de su fan base. Al principio me parecía gracioso, me decía a mí mismo “claro, ahora son fans de Morrissey y Kevin Parker pero bien cantaban ‘los malaventurados no lloran’ a todo pulmón”.

 

No le daba mucha importancia al tema hasta que, cómo era habitual entre mis círculo más cercano de amigos, decidimos poner música para amenizar la tertulia. El playlist tuvo de todo; Paul MacCartney, Nine Inch Nails, Oasis, Limp Bizkit y cosas más pesadas como Job For A Cowboy ó Parkway Drive, yo quería alimentar mi nostalgia adolescente así que decidí poner una canción de PXNDX, no recuerdo cual fue –en realidad, no recuerdo mucho sobre esa noche-, pero lo que si tengo presente hasta ahora, es la reacción casi generalizada de todos los presentes. Comentarios del tipo: “Es que eso no es rock y aquí solo ponemos música de verdad” ó “Esa banda ni siquiera debería ser considerada rock”, marcaron la tónica en los casi cuatro minutos que duraba el track.

 

 

Desde luego, esos comentarios me hicieron sentir incómodo y hasta culpable, tuve la impresión de haber atentado contra el recatado gusto musical de mis amigos con semejante aberración sonora. Pero entonces entendí porqué a las bandas que venían a mi programa les costaba tanto reconocer su gusto por PXNDX. Estaba casi seguro de que como músicos, fueron objeto de la misma clase de comentarios por parte de algún colega ó conocido que no vivió esa experiencia como ellos lo hicieron.

 

Empecé a cuestionarme si el rock era realmente un espacio seguro para la expresión de emociones y criterios; o sea, ¿haber crecido escuchando Hendrix ó Black Sabbath te hace más rockero? Y todavía más importante, ¿el haberlo hecho te da derecho a deslegitimar la experiencia de otras personas alrededor del rock?

 

PXNDX no fue una banda revolucionaria ni particularmente prolija, su propuesta destacaba por la sencillez de sus canciones y la visceralidad de su discurso; algo similar a lo que My Chemical Romance hizo en el mercado anglosajón. Pero eso bastó para volverse parte del imaginario de un público que se sentía profundamente identificado con sus canciones.

 

 

En el rock lo que importa es el camino, no el destino. Tengo muchos amigos y conocidos que aseguraron tocar el cielo con las manos cuando Tool anunció que subiría su música en Spotify, pero que aún les cuesta reconocer que su primer contacto con el rock fue posible gracias a bandas como Alisson, División Minúscula, Paramore, Fall Out Boy, Good Charlotte o los mismos MCR, agrupaciones que hasta el día de hoy son víctimas del estigma anacrónico del “es que ese ya no es rock de verdad”.

 

El punto es que no importa cómo hayas llegado al rock; con Janis Joplin o Hayley Williams, lo que realmente importa es la sensibilidad que desarrollas en el proceso con respecto al mundo que te rodea. No se trata de ser una enciclopedia de la música, sino de la empatía que alcanzamos al conocer, por ejemplo, cómo el movimiento Punk logró darle voz a las clases obreras de Londres; ó como el Grunge se convirtió en el punto de quiebre de la industria al hacerle frente a la propuesta machista y cosificadora del Glam, visibilizando a muchas mujeres que también formaban parte del ecosistema musical de los noventas.

 

Con los años aprendí que el purismo en el rock es consecuencia de los males con los que el mismo género se ha negado a ser crítico; desde la relación “rock-masculinidad hegemónica” hasta la necesidad de deslegitimar todo aquello que responda a nuevas narrativas y formas. Ante escenarios como ese, si se pone en tela de duda el discurso melancólico y apolítico de bandas como PXNDX, también deberíamos preguntarnos cuál es el estado del discurso general del rock en la actualidad; ¿de qué hablan bandas como The Strokes ó Greta Van Fleet? ¿Cuál ha sido la posición del rock ante la convulsión social? ¿Qué tan contracultural sigue siendo el rock ahora que es parte de un aparato de entretenimiento que mueve millones de dólares?

 

 

La capacidad que tiene la música para conmovernos es infinita y atemporal. En un mar de incertidumbre, el arte cura nuestras heridas y nos devuelve la esperanza de que las cosas jamás serán como antes, porque siempre podrán ser mejores. Para mí y mis contemporáneos, PXNDX es la banda sonora de una de etapa maravillosamente dura, un momento de nuestras vida en el que nos sentimos acompañados y entendidos por su música; en el que muchos aprendimos a tocar la guitarra con sus canciones y sobre todo, un momento en el que nos empezamos construir como individuos con una mayor consciencia de lo que realmente queríamos ser.

 

En conclusión, sentirse intelectual por escuchar Radiohead es lo mismo que ser millonario en monopolio, básicamente, es una ficción de la cual nos convencemos. La música, en cualquiera de sus formas, es una experiencia cargada de un incalculable valor sentimental y simbólico, por eso nos sostiene en los momentos más difíciles. El “deber ser” del rock es una idea que no siempre tiene coherencia con la realidad, como lo hemos comprobado en la última década. Si escuchar todo el “Amantes Sunt Amentes” de PXNDX te hace feliz, te pido que por favor lo hagas las veces que sean necesarias; y si lo tuyo va por otra onda, date el gusto de oír hasta el cansancio todo aquello que haga sentir vivo y te devuelva la fuerza para seguir resistiendo porque al final de eso se trata el rock: Resistir, sostener y acompañar.

 


 

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